SOBRE LOS OFICIOS DE LA COSTURA –Las PLANCHADORAS

Henry Morland. Lavandera, acariciando hierro

Henry Morland. Lavandera, acariciando hierro

Para dar continuidad a los apuntes sobre los oficios relacionados con la costura y la apariencia, dedicamos estos a una labor que, de manera indirecta, se relaciona con la cultura del vestir. Nos referimos a las planchadoras.

Oficio incómodo y no suficiente valorado, constituyó durante siglos, una actividad esencial para dar el acabado final a las prendas que mostrarían mujeres y hombres a la sociedad.

Sin existir demasiados datos al respecto, se conoce que desde la antigüedad poseer las prendas planchadas, era algo deseado. En unas civilizaciones más que en otras, mantener estirada la tela constituía una preocupación. Los antiguos egipcios procesaban las piezas de lino, introduciéndolas en una sustancia de agua con harina y la mantenían al exterior, con los pliegues marcados para que con el calor del sol se ‘plancharan’. Los griegos usaban una barra de hierro cilíndrica calentada, similar a un rodillo, que pasaban sobre las ropas de lino para marcar el drapeado. Dos siglos más tarde, los romanos ya planchaban y plisaban con un mazo plano, metálico, que literalmente martilleaba las formas deseadas en las túnicas y mantos.

1782. Parfait Augrand. Mujer planchando

1782. Parfait Augrand. Mujer planchando

1800. Boilly. Joven planchando

1800. Boilly. Joven planchando

1858. François Bonvin Mujeres planchando

1858. François Bonvin Mujeres planchando

Todas las planchas primitivas empleaban la presión como vía para lograr el efecto de estiramiento del tejido. Algunas eran calentadas para eliminar las arrugas o formar pliegues en las prendas recién lavadas. Hacia el siglo XV, las familias europeas acomodadas utilizaban la plancha llamada “caja caliente” provista de un compartimiento para carbón o un ladrillo previamente calentado. Las familias más pobres todavía utilizaban la plancha sencilla de hierro, con mango, que se calentaba periódicamente sobre el fuego. La gran desventaja de esta plancha era que el hollín se adhería a ella y pasaba a las ropas.

Armand-Desire Gautier. Mujer planchaando

Armand-Desire Gautier. Mujer planchaando

Con la aplicación del gas en la iluminación de los interiores de las casas en el siglo XIX, surgen planchas calentadas con esta energía, pero el peligro ante posibles escapes detuvo dicho ‘invento’. Por tanto, las planchas continuaron siendo de hierro fundido y se calentaban en la chapa superior de las cocinas de leña o de carbón. Además era importante la tabla doble, con entradas para planchar las mangas de las camisas, pantalones, etc. y la mesa, así como las tenacillas.

Ricardo (Panito) Brugada y Panizo. Sesión de plancha

Ricardo (Panito) Brugada y Panizo. Sesión de plancha

El desarrollo urbano del siglo XIX y la difusión de las ideas de higiene personal y doméstica dieron lugar a la organización de los servicios que, en muchos casos, posibilitaron que algunas tareas se realizaran fuera de los hogares. Como parte de estos, lavar y planchar la ropa comenzó a ser un oficio más que requería, tanto especialización en la mano de obra, como de locales especialmente condicionados para ello. Surgen así las lavanderas y planchadoras, como trabajo realizado generalmente por mujeres don una estructura de economía informal y, por tanto, escasamente valorada y con poca retribución. La actividad de la planchadora podía realizarse de manera individual o en grupo y sus principales clientes eran las familias de recursos económicos, los hoteles u otros establecimientos como restaurantes, tabernas, entre otros.

1891. Ivana Kobilca «Ironing Women»

1891. Ivana Kobilca «Ironing Women»

Las planchadoras aprendían el oficio de sus madres o familiares, por observación y la necesaria práctica y se requería de cierta habilidad, sobre todo para el almidonado, aplicado, sobre todo a aquellas partes de la ropa blanca que debían mantener cierta rigidez…Pero cada parte de la prenda requería cierto ‘punto’ de almidón, nunca la prenda debía ser almidonada por igual…ello requería un trabajo complejo y de gran paciencia, sobre todo cuando se exigía el ‘encañonado’ (plancha de volantes, rizos, etc.) el cual se llevaba a cabo tras el planchado general de la prenda, en una esquina de la mesa y utilizando unas tenacillas calientes especiales para formar los cañones, siendo notable el riesgo de quemar la ropa.

1889's. Verlay -Afiche publicitario del almidon

1889’s. Verlay -Afiche publicitario del almidon

Una vez planchada un grupo de prendas, éstas se entregaban a los clientes en unas cestas de mimbre muy ligeras, protegida por una sábana. Sin duda, un ‘oficio’ bastante duro, por las propias condiciones de su desarrollo: muchas horas de pie, sin horarios ni días de descanso, y, sobre todo, con el calor desprendido por la plancha.

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