LOS NUEVOS HÁBITOS DE CONSUMO. Su reflejo en la pintura en París, finales del siglo XIX

En anteriores publicaciones nos hemos referido a los cambios que se producen en el sistema moda con la consolidación de la burguesía en la mayoría de los países occidentales. A lo largo del siglo XIX, la sociedad europea sufrió cambios profundos. De la división estamental propia del Antiguo Régimen (estructurada en los ‘tres estados’: clero, nobleza y estado llano) se pasó a una división en clases, basada en una mayor movilidad social. La nobleza vio perder su hegemonía a favor de la burguesía, aunque durante un tiempo, consiguió adaptarse a la nueva sociedad.

La sociedad del Antiguo Régimen se basaba en el principio de la desigualdad jurídica, lo que comportaba desigualdad económica y política. Con la nueva estructura social, los individuos pertenecientes a una clase social se definirían según su posición económica. Pero entre la aristocracia y la alta burguesía se produjo una especie de proceso de simbiosis, pues de esa nobleza llegó a introducirse en el mundo de los negocios y algunos miembros de la alta burguesía consiguieron ennoblecerse. Es así como el siglo XIX constituyó una etapa de grandes cambios, dentro de los cuales, el estilo de vida de la nueva clase poderosa se impuso cambiando las costumbres, los modos y las modas.

Uno de las trasformaciones más significativas fue la modernización y embellecimiento de las ciudades. La planificación urbanística con el trazado de calles amplias y rectas en el centro de las viejas ciudades, la expansión o ensanches derribando las murallas y el diseño de los nuevos barrios. Emerge una vida urbana con nuevos espacios para el ocio. Los cafés, teatros, las ferias, los bulevares…, potencian una actividad febril nunca vista…a ello se sumarían, en la segunda mitad del siglo, las casas de moda y los grandes almacenes.

Recordemos que la adquisición de los elementos del vestir, por parte de las clases pudientes, durante siglos, se realizaba en el domicilio de los clientes. El tipo de vida de la aristocracia cortesana, establecido sobre estrictas normas y el ceremonial de la etiqueta, limitaba el acceso de sus miembros a las ciudades. La actividad que desarrollaba la nobleza se centraba en los palacios, sus salones, sus jardines, o las vastas posesiones para ocupar el tiempo de ocio….generalmente, muy retiradas de los centros urbanos.

La nueva estructura de la sociedad del siglo XIX transforma, en pocas décadas los hábitos en la sociabilidad. Y, en el caso de las mujeres, éstas comienzan a ‘tomar las calles’ de las ciudades. Y París se convertiría en la ciudad moderna por excelencia donde uno de los mayores reclamos está relacionado con el consumo de artículos relacionados con la apariencia.

De 1852 a 1870 se produce el embellecimiento de la capital francesa, llevadas a cabo por Napoleón III y el barón Haussmann. Se reformaron todos los espacios, tanto en el corazón de París, como en los barrios periféricos: calles y bulevares, restauración de fachadas, remodelación de los espacios verdes, mobiliario urbano, creación de un alcantarillado y trabajos de conservación en monumentos públicos.

A todo ello, debe sumarse la incesante aparición de los nuevos centros dedicado a la venta de artículos de moda: las galerías, arcadas, bazares y los grandes almacenes. Verdaderas catedrales para el consumo, éstos se convierten en centros de la nueva sociabilidad burguesa. Las novedosas estrategias del mercado, propician que las damas, en solitario, con sus amigas o familia, salgan de sus casas para dedicar su tiempo libre a algo que, hasta la fecha, constituye uno de los placeres del individuo: ir de compas.

La febril actividad de París ha sido retratada por los artistas de la época. Literatura y pintura reflejan el incesante movimiento en sus calles, algunos con mirada crítica y otros con la visión amable y pintoresca de sus visitantes. Dentro de estos últimos, hemos seleccionado algunas de las obras de dos pintores: Basile Lemeunier (1852-1922) y Jean-Georges Beraud (1849-1935)

Lemeunier nació en el pequeño pueblo de Normandía, donde comenzó desde muy joven a pintar con el reconocimiento de las autoridades locales, por lo que le es concedida una beca de dos años para continuar sus estudios en París, ciudad donde desarrolló la mayor parte de su obra y se integró a la actividad de los proyectos de remodelación, a cargo de decoraciones interiores de diversos monumentos. Además de retratos, se destacó por tratar la temática de escenas de la vida contemporánea y de las calles de París.

Basile Lemeunier: "De compras por París", 1898

Basile Lemeunier: “De compras por París”, 1898

Basile Lemeunier: "La chica de los recados", 1898

Basile Lemeunier: “La chica de los recados”, 1898

Basile Lemeunier: "En las calles de París", 1898

Basile Lemeunier: “En las calles de París”, 1898

Beraud, nacido en San Petersburgo, Rusia, era hijo de un escultor francés de cierta fama quien decide trabajar en Rusia. A su muerte, la madre regresó a Francia con sus hijos, instalándose en París. Beraud, desarrolló estudios de derecho, ejerciendo durante un tiempo como abogado. En 1872 decidió acudir a las clases de Léon Bonnat, uno de los artistas más influyentes del momento, ocupando un taller en el barrio de Montmartre. Al año siguiente deja el taller para exponer en ‘El Salón’, la gran cita anual del arte. Su obra comenzó a destacarse en 1876, precisamente debido a un cuadro sobre una escena de calle parisiense, tema que repite en muchas de sus pinturas.

ean-Georges Beraud. «Le trottin»

ean-Georges Beraud. «Le trottin»

ean-Georges Beraud. «La Devanture du Couturier Doucet»

ean-Georges Beraud. «La Devanture du Couturier Doucet»

En sus obras vemos a las damas vestidas a la moda de finales del siglo XIX llevando consigo los objetos adquiridos en las tiendas. Cajas de sombreros o de zapatos acompañan a estas mujeres una de las cuales retrató Jean-Georges Beraud saliendo de la Maison de Doucet. A punto de subir al carruaje, es acompañada por una empleada de la Maison quien le sujeta la gran caja en la cual llevaría algún accesorio o prenda de moda.

Visión amable de una ciudad y sus habitantes, sin reflejar, por supuesto, los barrios donde se hacinaban la ya numerosa clase proletaria…pero ellos, no consumían la moda que se promocionaba en los escaparates de estas nuevas edificaciones del bello París.

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