LAS COSTURERAS. Un lugar único en la historia del siglo XIX

En la publicación del 16 de febrero de 2013 (“Las costureras a principios del siglo XIX”) nos referimos a ese oficio en los años cercanos a la fecha en que sería reconocida la labor del sastre y con lo que se inició una nueva etapa en el sistema moda. Con la aparición de la “Haute Couture”, Alta Costura, Alta Moda, “High Dressmaking”, se establece la creación de prendas de moda a la medida de cada cliente, con materiales de alta calidad y cuidados detalles. Este hecho se enlaza con los propios orígenes de la figura del diseñador, reconocido como creador y a su labor, como creación. Con ello, se produjo la inauguración de la “era de la Marca”.

Pero este hecho no hizo desaparecer el oficio de la costura en otros niveles, la costurera o “seamstress” mantuvo su actividad, ya fuera en talleres o como ‘cuentapropista’. Tal como señalé en la mencionada publicación, a principios del siglo XIX, se produjo una demanda cada vez mayor de productos de moda. Por una parte, las mujeres de clase no tan adinerada entraron en el consumo y, por otra, la industrialización y liberación económica derivada de la Revolución Industrial, hizo posible que se abarataran y diversifican los textiles, lo cual produjo un aumento de las confecciones.

En los primeros años del ochocientos, la manera de proveerse de ropa era, en las clases menos favorecida, a través de la costura en el hogar: coser era una habilidad que toda mujer debía dominar desde su más temprana edad. Esta labor podía ser compartida con las sirvientas, en las casas que podían permitírselo y con las costureras ‘externas’ o pequeñas tiendas en aquellas que podían pagarlo.

Es la época en que muchas jóvenes se desplazaron hacia las ciudades, en las que se incorporan a talleres como costureras o trabajan por su cuenta ofreciendo sus servicios a las casas de los burgueses. Las condiciones de trabajo de las ‘obreras de la aguja’ distaban mucho de ser las adecuadas para las jóvenes o en muchos casos, adolescentes. El horario de trabajo era abusivo –jornadas de casi 20 horas- y el resultado de tantas horas de actividad sedentaria afectaba la salud de las costureras, que entraban a los talleres antes de salir el sol y lo abandonaban cuando ya era de noche. Las enfermedades más frecuentes sufridas por estas jóvenes, según datos recogidos, eran afectaciones pulmonares, circulatorias, entre otros.

A pesar de ello, en el siglo XIX las costureras formaron la principal fuerza de trabajo que logró una notable expansión de la producción de prendas de vestir. Estas especialistas podían ejercer su labor de diferentes formas: como trabajadoras a domicilio, cobrando por cada pieza realizada; como empleadas en las recién inauguradas casas de moda o como parte del sistema doméstico de las clases adineradas. A ello hay que añadir, las obreras de las grandes fábricas de una industria con un desarrollo en aumento a lo largo del siglo y cuyas condiciones de trabajo eran muy duras.

Por ser una profesión con gran demanda, no es de extrañar que muchas jóvenes de clase humilde y media se especializaran en la costura. El aprendizaje comenzaba generalmente a la edad de catorce años y debían trabajar hasta ser aceptadas como profesionales en la materia. Pero aún así fueron muchas las mujeres que a lo largo del siglo XIX se emplearon en estas factorías para proveer el sustento familiar. Su trabajo era sin pausa, en ocasiones con jornadas hasta 20 horas de trabajo diarias, sin protección para la salud y con un pago muy por debajo del que cobraría un operario masculino.

Tal como señala Beth Harris en su texto “Famine and Fashion: Needlewomen in the Nineteenth Century”, la costurera ocupó un lugar único en la historia del siglo XIX. Su figura ha estado muy presente en los debates sobre la condición de las clases trabajadoras en el mercado del capitalismo cambiante de esos años, contribuyendo a la definición de los movimientos feministas. En su época se convirtió en icono cultural importante del arte y la literatura de la época.

1858. Charles Baugniet (1814-1886), The Seamstress

1858. Charles Baugniet. “The seamstress”

Harry Roseland (American painter, 1867-1950) The Dressmaker 1900

1900. Harry Roseland. “The dressmaker”

Cecil van Haanen 'The Fitting'  1884

1884. Cecil van Haanen. “The fitting”

El atractivo visual de la actividad manual ejercida por estas mujeres, la variedad de sus entornos laborales… atrajo la atención a los pintores. Su vida, su empeño, y sobre todo, la variedad de sus funciones y situaciones sociales…inspiraron a los escritores. Literatura popular, canciones, caricaturas, fotografías…tomaron a esta profesional como motivo para las creaciones.

nineteenth century woman, old sewing machin

1850’s. Fotografía de mujer cosiendo en una máquina anterior a la “Singer”

Victorian Seamstress, 1890s.

1890’s. Fotografía de costurera

William Vincent Cahill 'Visit to the milliner'

1850’s. William Vincent Cahill. “Visit to the milliner”

La historia del trabajo de estas mujeres está relacionada con los orígenes de la industria de la confección, con el feminismo temprano y, sobre todo, con los extremos de la explotación vinculado con el mundo de la apariencia. Dos siglos después, algo ha cambiado al respecto. Pero no mucho.


Más información:

Harris, Beth (2006). “Famine and Fashion: Needlewomen in the Nineteenth Century”. New York: Ashgate.

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