HENRI-FRANÇOIS RIESENER. Pintar la muselina

A cualquier curioso que visualice la manera de vestir femenina en los últimos años del siglo XVIII les llamará la atención encontrar figurines, pintura y grabados en los que las féminas parecen extraídas de la estatuaria de la antigua Grecia y Roma. Como esculturas de mármol blanco, las damas, primero en Francia y luego en el resto del mundo, abandonaron miriñaques, enaguas, sobrefaldas, bordados e incrustados y sustituyeron las formas recargadas de los años precedentes por vestidos que, a manera de túnicas, caían rectos y sin adornos sobre la silueta.

Esta nueva moda se definió en la última fase de la Revolución Francesa. Tras poner término al Terror, se pretendió producir un retorno hacia posiciones más moderadas. Tras el golpe de estado termidoriano de 1794 (10 de termidor del año III, según el calendario republicano francés) se consolida con la Constitución de 1795 (Constitución del año III), que establece un nuevo régimen político. También se conoce con el nombre de «Reacción termidoriana» inaugurando el término político de «reacción» frente al de «revolución”. El nuevo gobierno intenta recuperar la calma en el país: se reabren los establecimientos de diversión, se propicia el resurgir de la actividad social,…todo ello intentando que se olviden los años de horror vividos. Pero la situación no era estable, la escisión política se mantenía, la crisis económica fomentó la especulación…París intentaba recuperarse, pero las personas no olvidan con tanta rapidez.

En un París convulso por tales acontecimientos, la manera de vestir de esta época es una continuidad de la anterior, destacando la influencia que tendrán uno de los grupos urbanos de subcultura juvenil que aparecen por estos años por las calles de París. Se trata de los ‘increíbles y maravillosas’ (“Incroyables et Merveilleuses”), a quienes se les debe no pocas influencias en el vestir, tanto en hombres como en mujeres, de los primeros años del siglo XIX.

En la moda femenina pronto se advierte un cambio. El estilo cortesano es cada vez menos utilizado, siendo reemplazado por conjuntos de influencia burguesa e inglesa: vestido ‘a la inglesa’, redingote…Y uno de los que será el germen de un nuevo estilo es el “vestido a la criolla” o “vestido camisa”, el cual ya había comenzado a utilizarse en la década anterior (1780’s) por algunas damas en ocasiones no formales; hasta la reina María Antonieta se dejó retratar con tal atuendo por Mme. Vigée-Lebrun para presentarlo en el Salón de Otoño de París del año 1783.

Pero fueron las audaces ‘maravillosas’ las que retomaron dicho vestido y lo simplificaron al máximo, hasta que en 1798-1799, el estilo ligero, de clara influencia clásica se define. La influencia greco-romana se manifestó no solamente en los vestidos-túnicas de tejidos ligeros y claros, sino en el peinado, calzado…. La “vuelta a la naturalidad” proclamada por el Neoclacisismo hizo que desaparecieran miriñaques, corsés y materiales lujosos, para dar paso a vestidos-túnicas confeccionados en tejidos claros y ligeros, llevados sin apenas prendas interiores.

Con el Consulado y luego, el Imperio, Francia se estabiliza después de un final de siglo convulso. Napoleón, además de embellecer París, instauró una corte, cada vez más suntuosa lo cual exigía que la moda se “formalizara” después de los “excesos” del Directorio. Pero la nueva moda ‘a la antigüedad clásica’ se encontraba arraigada en el gusto femenino. Aún no se había saturado el gusto de la novedad que supuso sentirse ‘bien vestida’ con escasa ropa y decoración. A partir de 1806, aproximadamente, la consolidación de la corte napoleónica –burguesa y militar- propició que la moda femenina abandonara la sencillez del Directorio. Con ello, la moda femenina debía recuperar la ‘cordura’: los vestidos se confeccionan de manera más ‘estructurada’, manteniendo los siguientes rasgos del originario estilo Directorio: talle muy alto (justo debajo de los pechos), cuerpo pequeño con escote profundo y falda muy recta. La diferencia radicaba en que ya no tenían el aspecto de túnicas, el cortarse el cuerpo más ajustado y dotarle mangas de variadas formas (la más utilizada la conocida como manga globo o balón). A ello se sumaba que el tejido podía ser más ‘rico’, de diversos colores y con aplicaciones y decoraciones variadas. Asimismo, el extremo inferior de la falda podía estar decorado, brindando así mayor rigidez al conjunto.

Esa transición, se puede observar en la pintura de muchos de los retratistas cuya obra transitó por el fin del siglo XVIII e inicios del XIX. Jacques-Louis David, Jean Auguste Dominique Ingres, François Gerard, Le Brun, entre otros, dejaron obras en las que se puede observar el nuevo estilo vestimentario femenino.

Para estos apuntes, hemos seleccionado retratos de Henri-François Riesener (1767 – 1828), retratista y miniaturista francés, cuya obra abarcó el retrato de personajes de las altas clases francesas y también de Inglaterra y Rusia. Hijo de un ebanista de origen alemán ebanista Jean-Henri Riesener (1743-1806) futuro padre del pintor romántico Léon Riesener (1808-1878), comenzó estudiando pintura en el taller de Louis David. Pronto tuvo que abandonar su carrera al unirse a las guerras revolucionarias francesas, luchando en Italia y Egipto. A su regreso a Francia, Riesener comenzó a trabajar como retratista y miniaturista, llegando a presentar sus trabajos en el Salón de París.

En 1807, se casó con Félicité Longrois, dama de compañía de la emperatriz Josefina, con ello, garantizó más clientela de la élite cercana a la corte imperial. También recibió encargos desde Inglaterra y cuando el Imperio Napoleónico estaba a punto de desaparecer, se trasladó a Rusia en 1815 donde permaneció (con viajes intermedios a Polonia) durante siete años. En ese tiempo, realizó retratos a los miembros de la alta sociedad de Moscú, San Petersburgo, Varsovia y Cracovia. Volvió a París en 1823, y en los cinco años anteriores a su muerte en 1828, logró dar a su hijo Léon sus primeras lecciones de dibujo y le ganar una posición en el estudio de Gros, así como el aumento de su sobrino, Eugène Delacroix, un lugar en el estudio de Pierre-Narcisse Guérin.

En las obras seleccionadas para esta publicación se advierte el tránsito de la moda ‘a la antigüedad clásica’ a la del Imperio. Las dos jóvenes retratadas ubicadas a la izquierda como la ‘joven con perro’ llevan vestidos más cercanos a las túnicas: sin mangas o con mangas cortas y ajustadas, la falda con más drapeado, al poseer más cantidad de tejido y el talle marcado con unas ligeras cintas.

Portrait of Two Young Women. Henri-François Riesener (French, 1767-1828)

Henri – François Riesener: Retrato de dos jóvenes, c. 1800-1806

portrait de jeune fille avec son chien by henri françois riesene

Henri – François Riesener: Retrato de joven con su perro, c. 1800-1806

En el resto, sobre todo el retrato de “Alix de Montmorency, duquesa de Talleyrand” y el de “Dos jóvenes con el piano”, refleja a las damas ataviadas con vestidos con más estructura: la falda, aún recta apenas posee drapeado, al ser cortada con menos tejido al frente, acumulándolo detrás; las mangas tipo ‘globo’ o ‘balón’ y uno de ellos ya no es blanco, sino en tejido marrón claro.

Alix de Montmorency, Duchesse de Talleyrand

Henri-François Riesener: Alix de Montmorency, duquesa de Talleyrand, 1810’s

henri-françois-riesener-jeunes-filles-à-lépinette

Henri – François Riesener: Dos jóvenes y el piano, 1810’s

Henri-Francois Riesener, Mme Riesener and Her Sister Mme Longroy, 1808

Henri – Françoise Riesener: Mme. Riesener y su hermana, Mme Longroy, 1808

 

En el retrato que el pintor le hiciera a su esposa y su cuñada, de 1808, se observa que uno de los vestidos es ya de terciopelo rojo, con mangas balón. El otro, blanco, posee las llamadas mangas ‘a la griega’ y quien lo lleva cubre sus brazos con largos guantes, accesorio que se convirtió en imprescindible para cubrir la desnudez de los brazos en la moda ya ‘oficializada’ del Imperio. Se mantiene el profundo escote, así como detalles de inspiración clásica como el peinado y los chales o mantas.

Ya sea con una u otra estructura en la confección de estos vestidos, la muselina era el género ‘estrella’ de la moda femenina de entre siglos. Y tan ligeros y frescos como los que se observan, eran usados por las damas no solamente de París, sino de frías ciudades como Moscú o San Petersburgo…. La ‘enfermedad de la muselina’ marcó una era en que los resfriados y dolencias pulmonares no tardaron en aparecer. La ligereza de estas prendas la provocaron, como también el origen de dos piezas nuevas a incorporarse en el armario femenino: los abrigos y el bolso…Y gracias a pintores como Jean-Henri Riesener, podemos admirar cómo el furor por la muselina traspasó las barreras, seleccionando el material para ser inmortalizadas en los retratos…¡Cosas de la moda!

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