LA INDUMENTARIA DE GÉNERO. Breves apuntes históricos

Uno de los debates de mayor actualidad y urgencia a afrontar entre políticos y por la sociedad, es el enfoque de género en todos los ámbitos. Asociado a esto, es el concepto de binarismo como única manera de clasificar a las personas según dos únicos géneros. La exclusión de cualquier matiz intermedio, dificultando la elección personal que no encaje en “lo masculino” o “lo femenino”, es algo consolidado desde siglos y como herramienta de gran eficacia para su refuerzo ha sido la vestimenta.

Para entender el papel que la indumentaria ha desempeñado en la definición por géneros, realizaré un breve recorrido por los momentos en los que fueron establecidos los códigos en la imagen vestimentaria de ambos sexos, algo que sucedió en diferentes etapas de la historia condicionados, lógicamente, por las circunstancias sociales, espirituales y culturales de cada época.

LOS INICIOS. TÚNICAS Y MANTOS

Desde el origen de las primeras civilizaciones sedentarias y hasta bien entrada la Edad Media, las formas de la indumentaria eran muy similares para hombre y para mujer, con el predominio de tres tipos de prendas básicas: la túnica, el manto y la pampanilla. Utilizadas en diversas civilizaciones antiguas del Mundo Occidental y durante la Edad Media Temprana (Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma y hasta el siglo XIII), sus variaciones estaban reducidas al tipo de material utilizado, la decoración de las mismas, así como las diversas maneras de su colocación y dimensiones. Mujeres y hombres se maquillaban el rostro por igual y los adornos y joyería eran compartidos por ambos sexos.

Aún dentro de la unidad existente en las formas del traje de ambos sexos durante esta etapa, siempre existió una norma inalterable: mientras que el hombre podía mostrar sus piernas, la mujer debía mantener ocultas sus extremidades inferiores. La maternidad, y su rol esencialmente reproductivo adquirido después de abandonar sus tareas como recolectora desempeñadas en la prehistoria, posibilitó que el esquema de una vestimenta que cubre su anatomía desde los hombros hasta los tobillos, como vías ¿quizá? de proteger su aparato reproductor.

DEFINICIÓN DE LAS SILUETAS POR SEXOS. ESPLENDOR Y DECORACIÓN EN LA VESTIMENTA DE NOBLES Y CORTESANOS

En los siglos XII y XIII, el renacer de las ciudades, la delimitación de las fronteras de una Europa Medieval fragmentada, entre otros, fueron factores que posibilitaron una gradual consolidación de los estados. La nobleza se concentró en ducados y principados y las cortes iniciaron su etapa de esplendor como centros idóneos donde se gestaban y difundían las modas. En este contexto surge una nueva etapa en la evolución general de la indumentaria y, en especial, en la del hombre.

Un aspecto que incidió grandemente en los cambios del traje masculino fueron las transformaciones producidas en la indumentaria militar, los cuales originan un nuevo concepto en el vestir del hombre que conllevó la liberación de la tradicional túnica, fuerte supervivencia del traje antiguo y a la adopción gradual de una vestimenta cuyos principios fundamentales eran: su conformación a partir de dos prendas (una para el tronco y otra para las extremidades inferiores) y su ajuste. Esta nueva silueta respondía a un ideal masculino de fuerte arraigo en la Europa del medioevo del momento: el hombre no sedentario, sino presto a ejecutar acciones tanto de búsqueda del sustento familiar como de servir en las armas y asistir a batallas defendiendo un feudo, principado, ducado, o reinado. Su imagen se asemeja, por tanto, a la de un militar: extremidades inferiores independientes (no limitadas por la “falda” de la túnica) para facilitar la movilidad y la monta en caballo; y las superiores perfectamente protegidas, en especial, el pecho, como si de una coraza se tratara. Potenciar el volumen del torso y el ancho de los hombros constituyó sinónimo de fortaleza y virilidad… Desde tan lejana fecha en la vestimenta masculina se ha mantenido ese concepto que responde a una silueta cuyos aspectos claves son: extremidades inferiores expuestas; pecho y extremidades superiores ocultas y sublimizadas.

Este cambio fue producido de manera gradual, pero irreversible. En la mayoría de los países de Europa Occidental el siglo XV se inició con la adopción generalizada de la nueva indumentaria, la cual marcó el punto de partida de la esencia del vestir masculino occidental en cuanto a silueta (no a decoración) se refiere, diferenciado del femenino. Ellas mantuvieron la estructura heredada desde la antigüedad, pero potenciando nuevos aspectos para marcar aún más la diferencia de las formas de la vestimenta entre ambos géneros. Aparece el escote, se comienza a mostrar, no solo parte del pecho, sino de las extremidades superiores, siempre con las inferiores cubiertas y “protegidas”. Estas variaciones enfatizan el ideal al cual responde su silueta: al reproductor se suma la necesidad de que, para ello, la mujer debe ser fecundada, por lo que comienzan a enfatizarse las zonas erógenas propias del sexo como vientre (siglo XV), caderas (siglo XVIII), trasero (finales del siglo XIX), así como parte de los pechos con los profundos escotes según los estilos de moda. Desde ese momento y hasta 1920 la silueta femenina mantuvo esta estructura, casi opuesta a la masculina: extremidades inferiores ocultas, pecho y extremidades superiores parcialmente expuestos y la tendencia de sublimizar zonas de su anatomía.

Si bien queda establecida la diferencia en cuanto a las siluetas, no sucede así en los materiales y decoración de las prendas, constituyendo esta etapa el momento de la historia en el que la hombres y mujeres de las clases en el poder convirtieran su imagen en símbolos andantes de status. Aristócratas y burgueses competían entre sí para mostrar su poder económico a través de la vestimenta. Las cortes de los monarcas europeos se convirtieron en los centros de moda del mundo, potenciando el exclusivismo vestimentario, salvaguardado y sometido al poder del rey, quien podía reservarse para su uso exclusivo determinados materiales, adornos y detalles.

La excesiva decoración y el lujo en el atuendo masculino superaban, en la mayoría de las ocasiones, al de la mujer: casacas y chalecos se bordaban en oro, plata o seda de brillantes colores; los tejidos soportaban el peso provocado por la incrustación de numerosas piedras preciosas; los chalecos se bordaban con escenas de obras literarias. A finales del siglo XVIII y bajo el reinado del monarca francés Luis XVI, la moda de la “estética de la vejez” (ideal de belleza basado en tener el pelo encanecido, el rostro pálido y la mirada cansada) y los excesos en la decoración y el adorno de los atuendos cortesanos evidenciaban la decadencia de la monarquía y del sistema feudal-absolutista. Con esta vestimenta presenciaron la caída de su régimen en los intensos años que correspondieron a la Revolución Francesa. Una imagen distinta se le enfrentaría como representativa de una nueva clase en el poder. Con ella, había surgido el germen del traje burgués masculino.

TRAJE BURGUÉS MASCULINO. LA “GRAN RENUNCIA”. LA FEMINIZACIÓN DEL LUJO

Gracias a la Revolución Francesa, se difundió al mundo entero las ideas de esta democratización de la indumentaria. Como nación rectora en cuestiones de modas y al calor de la consigna “libertad, igualdad y fraternidad”, Francia propuso a la humanidad la eliminación total de los elementos del vestir que denotaran casta, rango o pureza de sangre. Este hecho – enmarcado dentro de un acontecimiento de trascendencia universal- constituyó una muestra más del alcance de la tradición vestimentaria francesa.

Durante la República y luego de la caída de la monarquía en 1792 se produce la aparición pública de una nueva propuesta de traje masculino, la cual encarnaba las ideas revolucionarias de los franceses. Inaugurado por el actor Chenard como abanderado de la fiesta cívica del 14 de octubre de 1792 y adoptado por los miembros de la Comuna, representaba el traje del jornalero del campo y de las ciudades. Consistía en pantalón largo y ancho de lana gruesa, camisa, chaqueta corta llamada carmañola, gorro rojo y zuecos. Conocidos como descamisados o “sans-culottes” a quienes la llevaran, la nueva propuesta, cuyos orígenes eran puramente políticos, transcendió en su significación social. Al renunciar esta vestimenta a elementos fuertemente arraigados como atributos del “buen vestir” masculino (peluca empolvada, calzón corto y tejidos lujosos) y ser sustituidos por otros que hasta el momento eran característicos de las clases pobres, se daba paso al concepto del vestir del hombre burgués, en oposición al que respondía a un régimen el cual ya designaban como “antiguo”.

A pesar del escándalo que provocó este cambio, la nueva imagen del hombre se fue abriendo paso lentamente. Ni la corte imperial de Bonaparte pudo restituir el traje cortesano como indumentaria común; éste había quedado destruido bajo los muros de la Bastilla. Los años que van desde 1789 a 1815 se caracterizaron por la lucha y coexistencia de ambos estilos del vestir masculino: la del traje burgués sencillo contra el elegante de corte “a la francesa”. El primero fue desterrando paulatinamente al segundo, primero en su línea y más tarde en color y decoraciones.

Aún cuando el propio devenir social propiciaría la consolidación de la nueva imagen del hombre, la moda británica impulsaría el establecimiento de un nuevo concepto del vestir masculino. Con un fuerte arraigo burgués en la manera de pensar en muchos de sus ciudadanos, trasladaron al resto de Europa sus ideas sobre la austeridad como sinónimo del “buen vestir ciudadano”. Hacia mediados del siglo XIX la sociedad burguesa estaba afianzada, el poder político de la nueva clase era absoluto. El hombre respondería con su imagen tanto a estos cambios sociales como a las características inherentes a la civilización industrial.

Al adoptar el traje burgués, los hombres renunciaron a luchar los unos contra otros en el torneo de la moda y dejaron este menester a sus mujeres. Ni el lujo y esplendor de una sociedad caracterizada por la búsqueda insaciable de nuevas fortunas, ni las variadas actividades recreativas y centros nocturnos de diversión -convertidos en espacios de exposición de modas- hicieron regresar el colorido y la decoración al traje masculino. A partir de entonces, la exhibición del poder económico y status social alcanzado por un individuo sería mostrado a sus semejantes a través de su pareja, perteneciente al sexo opuesto. Mientras que ellas siguieron las variaciones de la recargada moda femenina del Segundo Imperio bajo la tutela de la bella emperatriz Eugenia de Francia y luego las de finales del siglo XIX, ellos se limitaron a variar sólo en detalles un atuendo con fuerte dirección inglesa, que predicaba las ventajas de este traje: era muy cómodo, no llamaba la atención y permitía a los hombres vestirse “convenientemente” con el menor gasto de tiempo, cuidado y dinero.

Con la llegada del siglo XX el traje masculino se uniformó completamente, con un código de reglas bien definidas respecto a su uso. El corte del traje, el largo de la chaqueta, el ancho y forma de los hombros y solapa, la amplitud de los pantalones y el número de botones podían variar, pero eran cambios apenas perceptibles de una década a otra. Después de la Primera Guerra Mundial la indumentaria del hombre se mantuvo prácticamente inmóvil, mientras observaba la radical transformación del traje femenino, reflejo del cambio de mentalidad en la mujer, después de años de lucha por lograr el cumplimiento de reivindicaciones reclamadas desde décadas por sufragistas o feministas. Por primera vez, la mujer “puede” mostrar las piernas y “se le permite” cortarse el cabello… ¡desde la antigüedad! Nueva silueta que pronto se vería ampliada hasta apropiarse de la masculina, al incorporar el uso del pantalón, primero solo para actividades deportivas y más tarde, para cualquier ocasión.

Mientras, en el hombre, los valores de austeridad, seriedad y de integración al status existente eran expresados a través de ese traje que gradualmente se fue extendiendo a los sectores más próximos que aspiraban a alcanzar su nivel: la pequeña burguesía de empleados y burócratas privados y estatales. El “uniforme gris”, también conocido como “white collars” (cuellos blancos: denominación que podríamos traducir con la expresión “de cuello y corbata”) se convirtió en modelo de referencia central en el plano de lealtad al estado, a la ética burguesa y a su línea estética seleccionada. En todas las oficinas de las llamadas empresas modernas en Europa, América e inclusive algunos países de Asia y Africa, el hombre con traje oscuro de tres piezas, cuello y corbata, representaba la regla. Quien alterara esta imagen uniformada expresaba que no había llegado a la digna posición de funcionario o era considerado un excéntrico, exhibicionista o inadaptado. En la mayoría de las universidades europeas el estudiante no podía asistir a los exámenes universitarios sin estar vestido de “cuello y corbata”. La seriedad y calificación de un aspirante a un puesto de trabajo estaba dada por esta corrección de su imagen.

Ni aún la revolución juvenil en el vestir (1968-1974) pudo renovar el atuendo masculino. Las novedades aportadas por el movimiento hippy y sus seguidores solamente fueron aceptadas (una vez integradas por la moda oficial) como opciones informales del vestir. El código del hombre burgués siguió prevaleciendo como vestimenta admitida de lo masculino y como concepto esencial de virilidad. Las posibilidades de retomar algo de fantasía en su imagen se limitaron a aspectos superfluos como: aceptación de peinados con largos variables, aceptación de la barba y el bigote, así como un tipo de vestimenta sport y juvenil para actividades no oficiales. Pero el conjunto: chaqueta, pantalón, camisa, corbata, quedó inalterable como imagen de presentación de todo ciudadano “decente”. La “gran renuncia” mantuvo sus logros. Lo que en un inicio había sido una opción de expresión política-ideológica a través del traje, quedó arraigada en las costumbres de la sociedad occidental burguesa y conservadora.

En las últimas décadas, no pocos creadores de moda de vanguardia han lanzado propuestas de renovar el traje masculino y recuperar su fantasía. Todo ha sido en vano. Las faldas o túnicas continúan siendo formas del vestir reservadas para las mujeres o identificativas de miembros de civilizaciones “atrasadas” o “diferentes”; el color, las decoraciones, sólo se admiten para ropa de espectáculo o personajes extravagantes.

Los factores culturales y psicológicos en el vestir son de una fuerza poco reconocida, sobre todo, como herramientas del binarismo de género. En el caso del hombre, la necesidad interna del de marcar su pertenencia al “sexo fuerte”, hace necesario para su seguridad el poseer atributos que lo distingan como tal. Al igual que el cortesano necesitó los símbolos de su rango o casta (tacones rojos en los zapatos, materiales o colores determinados en su atuendo, entre otros), una vez conformada la sociedad burguesa, sus atributos variaron. Pero la diferencia radica en que a la par que el cortesano utilizaba sus elementos simbólicos de poder, expresaba sin prejuicios sus fantasías –sexuales y estéticas- en el vestir. La bragueta que destacaba su sexo en los calzones renacentistas, los torsos ensanchados que brindaban poder en los jubones, las diversas corrientes estéticas en maquillajes y peinados… compartiendo estos placeres con su pareja femenina. La inseguridad del burgués, heredada de una etapa en que no poseía ni títulos ni nobleza de sangre para demostrar su poder, se trasmite en un código vestimentario cerrado, inalterable, dejándose castrar una parte fundamental de su esencia: la posibilidad de expresarse a través de su imagen.

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Hasta aquí un apretado resumen de cómo han quedado establecidos los códigos del vestir de las mujeres y los hombres. Es evidente que la indumentaria ha sido -y continúa siendo- herramienta para marcar el binarismo de género. En ellos, de una forma más férrea, en ellas, en la medida que social y culturalmente aún no han logrado la igualdad, la sociedad le ha propiciado una “salida” a sus exigencias permitiéndole mostrarse, desde el punto de vista de su imagen, como un hombre… ¿cuándo se producirá la ruptura de las barreras entre ambos? Esperemos que el momento no esté lejos… y para que suceda, no solo deberá adecuarse la industria de la moda (fuerte defensora de las pautas establecidas) sino que leyes, normas y, sobre todo, mentalidades, requerirán de una renovación de fondo…

Más información:

Diana Fernández: “¿Qué es lo femenino y masculino en el vestir?”. Gesto. La otra revista, Nº 2 enero 2002, pp. 60-64

Diana Fernández: “La gran renuncia. Arqueología del atuendo masculino entre los siglos XV y XX”. Revista de Arqueología del siglo XXI, Año nº 28, Nº 313, 2007, pp. 48-57

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